En este mundo de música guanga de niñitos chillones, de las mismas canciones recicladas hasta la náusea y de ídolos pop de media hora, siempre es refrescante un poco de actitud. Un mucho de actitud es como morir e irse al cielo. A un cielo en el que circulan los vasos de bourbon y la música no tiene concesiones en función de "lo que la mayoría quiere"; lo más cercano a este cielo pagano fue el concierto de Bob Dylan en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.
En el imaginario de la cultura pop, Dylan es la voz del movimiento anti-Vietnam en EU, la inspiración de cuantos jóvenes descubrieron en los sesenta que no siempre las instituciones tenían razón: no existe película, serie o documental situado en esa época que no tenga su voz gangosa recreando el sentimiento de protesta y las ganas de cambiar el mundo, o por lo menos de cambiarse la vida eligiendo opciones fuera de lo establecido. Todos hemos escuchado alguna: Blowin' in the Wind. Like a Rolling Stone. The times they are a'changin'. Mr. Tambourine Man. Todos pudimos habernos ido con la finta de que ir a un concierto de Dylan sería como ponerse flores en el pelo largo y revivir artificialmente la época en que los jóvenes se dieron cuenta de que merecían ser escuchados aunque no se vistieran de traje.
Pero vaya chasco se llevaron esos mismos nostálgicos que esperan corear Nada personal y Ev'ry Breath You Take en sus respectivas reuniones. Sí, ahí estaba el maestro Dylan. Sí, está viejo. No. Mr. Tambourine Man no apareció por ningún lado. De los viejos éxitos sólo cantó Like a Rolling Stone y Blowin' in the Wind. ¿Concesión? Los tocó de forma que quien tiene el disco de éxitos fuera incapaz de corearla. De manera que quien no conoce las letras sólo se dio cuenta de lo que cantaba hasta que aparecía el coro. La Comandante A se volvía más fan cada minuto que pasaba compartiendo el mismo espacio que ese viejo cascarrabias que no tiene ninguna necesidad de hacerse el gracioso o de decir el consabido "bueeeinassss nouchessss meeeehicoooo" que la mayoría de angloparlantes memorizan un par de minutos antes de salir, y que el público servil agradece como si el papanatas en cuestión hubiera pagado la deuda externa.
Durante escasas dos horas Dylan fue desgranando las palabras de canciones en las que se muestra como lo que es: un hombre viejo, un músico viejo, para ser más exactos. Alguien con toda la experiencia, con unos músicos de primerísima calidad. Con las suficientes historias como para distanciarse del joven desarraigado y mostrarse como el bluesman de la voz cascada que genera un ambiente de intimidad, como de bar de carretera, hasta en las filas de los que no somos amigos de Sergio Mayer.
Desde el principio Dylan ha mostrado que es posible saltarse el deber ser y mantener una carrera musical digna: ¿Un icono del pop feo? Sí ¿Cantar canciones larguísimas con estrofas poéticas y mensajes políticos, y volverse emblemático? También ¿Voz gangosa, pésima técnica vocal? Ajá ¿Un viejo que en este mundo mediático de "menores de 25" se da el lujo de no hacer concesiones? Por supuesto.
El Maestro Dylan demuestra de esta manera que él es un músico que sigue activo, no una máquina de éxitos del pasado, y que si la gente va a verlo es para escuchar lo que tiene que decir en este momento de su vida. Se da a sí mismo el respeto que merece quien lleva más de cuarenta años figurando en el mundo de la música como un artista, no como un mero entertainer. ¿Necesitan más razones para admirar a alguien? Yo no. Lo único que hizo falta en este concierto fue el bourbon.
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Friday, February 29, 2008
Wednesday, January 23, 2008
¿Dónde está el nuevo Robert Plant? o La comandante A se declara una abuela.
Estaba paseando por uno de esos lugares que vende revistas, cuando me topé con la portada de la Rolling Stone México en la que aparece Led Zeppelin. Viejos, reunidos, maltratados Led Zeppelin. Jimmi Page con cara de abuelito buena onda y Jonesy como señorcito inglés, flanqueando a un Robert Plant igual de viejo que ellos, pero con la mirada de fiera de la escena intacta. El pelo rubio como melena de león cansado, las arrugas, la barba. La expresión que sólo puede tener alguien que ya lo ha visto todo en su escena y está de vuelta: alguien que se sabe un mito viviente. A los lados de esta imagen, decenas de revistas con las caritas de los rompecorazones del momento: los GoodCharlottes, los HighSchoolMusicals, los ChemicalRomances.
Y entonces es cuando la abuela dentro de mí empieza a renegar: ¿Dónde están los Robert Plants? ¿Qué le ha pasado a este mundo para que los sex symbols del rock hayan perdido toda la actitud en función del "factor cute"? ¿Dónde está nuestro dios de oro?
Sí, ya lo sé. Soy una vieja que piensa que todo el tiempo pasado fue mejor.
La verdad es que no es así. No todo el tiempo pasado fue mejor, pero es cierto que ha habido mejores momento para la música pop/rock del mainstream que el que ahora vivimos. Y eso se ve hasta en los tamaños de los héroes. Ahora son desechables, indistinguibles unos de otros, incapaces de generar una de esas pasiones cambiavidas que, estoy segura, Robert Plant despertó en más de una persona.
Plant, Page, Richards, Jagger, Hendrix, Morrison. Leyendas musicales a la vez que objetos de deseo que trascendieron esa llamarada que representa su momento de juventud. Capaces de despertar pasiones desde la tumba o a pesar de la vejez, a través de su música o de los incontables documentos visuales que nos quedan de esos momentos que no alcanzamos a ver de primera mano.
No quiero que el tiempo vuelva atrás. No quiero vivir una historia con un Zeppelin que me deje secuelas de por vida. Pero sí me gustaría tener héroes musicales contemporáneos más memorables. Tener mejores materiales para fantasear con una vida de grupi que y que la fantasía valga la pena. En fin, espero que las futuras generaciones corran con mejor suerte.
Mientras tanto, disfruten con una imagen del Golden God dominando LA. Cuando la música era otra.
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